Con el corazón no se juega. Y no, no es de amor que estoy hablando, así que ahórrense lamentos, suspiros y despechos. Esos, si les apremia igualmente el tema, podemos dejarlos para otro momento, quizá en otro tenor de conversación. Hablando, como lo hago en este instante, en términos estrictamente sanitarios, reitero que con el corazón no se juega. En realidad, no se debería jugar ni con el cerebro, ni con los pulmones, ni con el estómago, ni con los intestinos, ni con ningún otro órgano cuyo malfuncionamiento pueda seriamente comprometer la vida (o el normal desarrollo de ésta). Pero si a partir de la experiencia, o del instinto de preservación, tuviéramos que graduar la letalidad de ciertas afecciones, tomando como primordial referencia la probabilidad real o percibida de sobrevivirlas, aquellas que se relacionan con la salud del corazón suelen, como se dice, cocerse aparte. Tan temidas como descuidadas, las afecciones cardiacas son la principal causa de muerte en todo el mundo. En México, a partir de datos registrados por el INEGI, se estima que mueren alrededor de 200 mil personas al año a causa de alguna enfermedad del corazón. Y las cifras (siempre hay modo de hacer más dramáticas las perspectivas si nos ceñimos a ellas) aumentan, probablemente de forma exponencial, si agregamos a aquellos que sin haber muerto (aún), sufren de algún padecimiento (probablemente sin saberlo) y que antes o después es factible se sumen a la estadística. Ya dirán si este es un tema que amerita, o no, algo de nuestra proactiva atención.
Hay temas, siempre lo he dicho, que no son materia de fe. No de aquella, cuando menos, que se ejerce desde la pasividad del alma. Si bien dicen que la fe mueve montañas, suele ocurrir que (aun y cuando haya tremendas montañas simbólicas que mover), el sólo ejercicio de la fe (en su versión espiritual y eventualmente más dependiente) poco o nada puede hacer para evitar que las cosas sucedan. No basta, por ejemplo, (y aquí es donde hago uso de mi membresía como cliente distinguido del Tribunal del Santo Oficio) con pedir, esperar, rogar u orar para que no nos dé un infarto. Si tenemos una condición genética que lo propicie; si no llevamos la dieta debida; si no hacemos habitualmente ejercicio; si no descansamos como es preciso; si abrazamos el estrés con la devoción de quien no le teme a las consecuencias, y si no acudimos al médico con la debida oportunidad, da lo mismo que tengamos la fe intacta, blindada y potenciada, es altamente probable que nos ocurra el temido (y desdeñado) infarto. Entonces, podemos inferir, algo de cierto habrá en aquello que dice: a Dios orando y con el mazo dando.
Por motivos que obvia y evidentemente no es mi deseo explicar en este espacio, desde hace seis meses me he interesado mucho en el tema de la salud cardiaca. Ello me ha convertido en un gozoso consumidor de contenido relacionado con la materia y, tras inscribirme en ciertos boletines, eventualmente llegan a mi correo algunos artículos especializados, los que leo con la misma avidez con la que leo casi cualquier otra cosa, pero con la seriedad y la atención de quien recién ha descubierto el beneficio de las segundas oportunidades. Desde luego, hay cosas que escapan airosas de mi entendimiento (jamás me asumiré en especialista de algo que es lo suficientemente complejo como para tomarlo a la ligera), y otras que, a fuerza de consultar más fuentes de información, se van haciendo más claras y comprensibles. Tal es el caso de un artículo que se publicó la semana pasada en la Revista Nature y cuya lectura reservé hacia la tarde, entre la segunda y tercera taza de café (obviamente descafeinado), del sábado. El artículo lleva por ostentoso título: “Ingeniería de aloinjertos de músculo cardiaco para la reparación cardiaca en primates y humanos” (el vínculo al artículo lo dejo al final de esta página) y habla, dicho sea en términos comunes, de la posibilidad latente de regenerar el tejido que conforma el corazón mediante la colocación de un parche de células madre (técnicamente denominadas Células Pluripotenciales Inducidas). Este descubrimiento parte de las investigaciones previas en materia de medicina regenerativa realizadas por John B. Gurdon (hace cincuenta años) y Shinya Yamanaka (hace poco menos de veinte), que les permitieron a ambos ganar el Premio Nobel de Medicina en 2012; y cuya principal conclusión establece que a partir de un tratamiento de índole genético, es factible regresar a toda célula adulta a su estado embrionario, para posteriormente aplicarla a un tejido diverso con el objeto de que evolucione y adopte específicamente las propiedades de éste. Y esto ¿para qué puede servir?
En el mundo son millones de personas las que padecen de insuficiencia cardiaca (se estima que 64 millones). De ellos, los que aquejan una insuficiencia grave (algo así como un 10%), requieren de un trasplante de corazón para corregirlo. La realidad es que no hay tantos órganos disponibles y es probable que sólo el 1% (de los 6.4 millones con insuficiencia grave) pueda someterse a una cirugía de esta índole; lo que nos deja un mar de gente a la deriva. Investigaciones como ésta, en la medida en que se desarrollen y se vuelvan tratamientos prácticos, abren la posibilidad para muchos pacientes de recuperar la salud y vitalidad de sus corazones sin recurrir, en todos los casos, a un trasplante cardiaco. Sin duda, el camino aún es largo; las preguntas todavía son muchas, pero igual, vale la pena reconocer, que las posibilidades de éxito son amplias.
Ya les digo: a Dios orando y con el mazo dando. Dichosos nosotros que aún contamos entre nuestros congéneres con gente de ciencia dispuesta a buscar soluciones y respuestas a punta de mazazos. Por irónico que parezca, gracias a ellos es que podemos renovar la fe, antes y por encima de cualquier dogma, en la propia humanidad. No todo, nos dicen, está perdido. Y lo que es más, podemos afirmar (todavía) que la esperanza (como una versión activa de la fe inter vivos) muere al último. Quiero creer que allá afuera aún hay jóvenes que puedan sentirse ilusionados e inspirados con noticias como ésta. Que saben y comprenden los desafíos que les esperan y que hay vida más allá de la fama efímera de las redes sociales.
Santiago de Querétaro, a 3 de febrero de 2025.
Si quieres saber más sobre el tema te recomiendo leer esto: Jebran, AF., Seidler, T., Tiburcy, M. et al. Engineered heart muscle allografts for heart repair in primates and humans. Nature (2025).