Tengo las manos frías. En el rostro percibo el candor de una febrícula por lo pronto leve. Me duelen los músculos, especialmente los largos; y siento las articulaciones como si durante las últimas horas se hubiesen cubierto de herrumbre. Arden los ojos y la garganta. Punza la cabeza en son de una jaqueca incipiente. La voz ha adquirido una modalidad gangosa francamente desagradable y a la sazón de una corridilla de estornudos, por la nariz escurre un flujo que (como visita no deseada) pareciera llegar con la intención de quedarse. Del humor ni hablamos. Es fecha que (y miren que oportunidades he tenido) no he logrado hacer frente a las vicisitudes de la salud con la más amplia de mis sonrisas. Mi madre diría que hay algo de soberbia en ello. Yo creo, en cambio, que quien asume la enfermedad con abnegación, lleva ya la mitad de la batalla perdida. En fin, si bien es cierto que desde hace cinco años razones nos sobran para temer, apenas figuran semejantes síntomas por el horizonte, que podría tratarse del fin del mundo; y habida cuenta de que los infortunios ocurren sin que medie necesariamente la mayor de las imprudencias (descartando el aberrante antojo de una sopa de murciélago, desde luego), elijo a partir de este momento apegarme a mi presunción de acatarrado, hasta que un médico calificado me demuestre lo contrario.
Debo aclarar que en estas líneas hablaré del catarro con la amplitud y holgura de quien hace referencia al género y no a la especie. De manera alguna pretendo pasar por médico (se sabe cómo les ha ido a quienes así lo han hecho recientemente), así que cada que recurra al término, pretendo referirme de forma intencional y deliberada a cualquier afección viral relacionada con las vías respiratorias superiores. Si acaso debiera sustentar la ateniense hinchazón de mi voluntad para así hacerlo, habrá que aclarar que la palabra catarro viene del latín ‘catarrhus’, que a su vez deriva del griego ‘katarroos’ cuya raíz ‘katarrein’, refiere al flujo descendente de un líquido. Y dado que, de la pléyade de síntomas que por el momento acuso, el flujo nasal es el que más fastidio me procura, me reservo el deber de indagar si lo mío es gripa, gripe o cualquier otro derivado ortográfico conocido o por conocerse, y lo encasillo justo en donde me parece habrá de quedar tan claro que a nadie (en lo que a este texto se refiere) le quede duda.
Así pues, entiendo que contra el catarro, en tanto afección de origen viral, sólo es efectivo el reposo. No dudo que la ciencia ya haya descubierto sustancias nuevas (o nuevos usos de sustancias viejas), que en algo, más allá de reducir síntomas o malestares, contribuyan a combatir este tipo de infecciones. Sin embargo (recurriendo nuevamente a la ateniense arbitrariedad de mi criterio), en aprecio de la generación a la que pertenezco, confirmo y reitero que es el reposo (y sólo el reposo) la clave de toda sanación exitosa; pero, amén de los consejos que generación tras generación nos fueron transmitidos como mantras, habrá que reconocer, con igual fervor y convicción, que el caldo de pollo (al menos en nuestra cultura) es un factor determinante para conseguirlo. No conozco abuela, madre o esposa que en ejercicio de su encargo no sugiera la degustación de un caldo de pollo a todo aquel que aqueja malestares de esta índole. Y no son pocas las que con certeza casi científica aseguran que el referido manjar cuenta con todo aquello que el cuerpo requiere para sitiar la infección y acabar con ella. ¿Pero es esto cierto?
En términos generales, el óptimo funcionamiento de nuestro sistema inmunitario depende de dos factores: hábitos de vida saludables y una correcta ingesta de nutrientes que mantengan al cuerpo cual estatua griega. Por su parte, los poderes que el saber popular atribuye, entre otros remedios caseros, al caldo de pollo en el combate de ciertas enfermedades, deriva de una idea arraigada y con poco ánimo de ser desmentida: su capacidad de fortalecer en el acto y activar en el momento el ya referido sistema inmunitario. Lo cierto es que, según lo advierte Charles Bangham, Jefe de la División de Enfermedades Infecciosas del Colegio Imperial de Londres, si bien el potencial de reacción de nuestro aparato de defensa sólo puede estar condicionado ante la deficiencia de algún nutriente necesario para su debido funcionamiento, tal deficiencia (léase en singular o plural, según el grado de descuido) se debe solventar con antelación a que dicho sistema se vea comprometido, es decir, deba entrar en funciones. Si ello no ocurre de tal modo y habiendo entrado ya en la faena, el consumo de nutrientes, vía alimentos o suplementos, en realidad no hace mucha diferencia.
Pero no nos desanimemos, pues no todo está perdido para quienes defienden las propiedades sanadoras del caldo de pollo. En efecto, con la salvedad de los efectos que su consumo preventivo y como parte de una dieta saludable pueden generar, la condición de remedio casero de este platillo está en tela de juicio, pero ello no es suficiente para echar por tierra un valor añadido que entraña el amor cuya preparación conlleva: su efecto placebo. Placebo, ya que andamos en esto de revelar el origen de las palabras, proviene del latín y es la conjugación (futuro de la primera persona del singular) del verbo ‘placere’, que como es evidente refiere a la acción de agradar, dar gusto o brindar placer. En la jerga cotidiana se llama placebo a todo medicamento sin acción terapéutica que, no obstante, produce algún efecto favorable en el paciente. Empero, atendiendo específicamente a la raíz del término, podemos considerar placebo a todo aquello capaz de generarnos un placer que a la postre se traduzca en bienestar palpable; y a partir de aquí es que otra ciencia se hace cargo.
No existen estudios (y vuelve la burra al trigo) que avalen los efectos medicinales del caldo de pollo, pero nadie puede negar lo bien que se puede llegar a sentir uno cuando degusta un plato a mitad de un feroz catarro estacional. En otras palabras, es innegable el efecto placentero y su incidencia en el manejo de los síntomas que tal ingesta implica. Felicity Bishop, profesora asociada de salud psicológica de la Universidad de Southampton, nos habla de estudios que han demostrado que el poder del efecto placebo (en general) es atribuible fundamentalmente al vínculo de afecto o confianza existente con la persona que lo proporciona. Esto es, hay un nexo emocional entre el que provee y el que recibe el remedio, mismo que puede indiscutiblemente potenciar el resultado. En otras palabras: el caldo de pollo puede que como tal carezca de efectos terapéuticos, pero, amén del vínculo con quien lo provee sí puede considerarse un apapacho y esos, al margen de lo que la ciencia diga, es sabido que inciden en la voluntad de recuperarse.
Comienzan a apilarse los pañuelos desechables. En casa el espíritu navideño por fin ha tocado los clarines de una franca y esperada retirada. Todo vuelve a la normalidad y eso, por sí solo, ya me deja complacido. Sé que no habrá de durar mucho mi victoria. El tiempo pasa rápido y sólo estamos a diez meses de que vuelva a asomar el circo. Volverá la Navidad, qué remedio. Lo hará como el catarro que hoy padezco. Sólo pido que la paciencia y un buen caldo de pollo siempre me acompañen.
Santiago de Querétaro, a 10 de enero de 2025.
Edgar, en nombre de la familia agradecemos mucho que nos compartas nuevamente tus escritos, sigue adelante eres muy bueno, no lo dejes oki un abrazo con mucho cariño tu tíos Raúl y Ruth
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Muchas gracias. Aprecio no sólo las palabras, sino el apoyo que siempre han brindado a esta faceta. Les mando un fuerte abrazo y espero verles pronto nuevamente. Saludos a todos.
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