Declaración de intenciones.

Escribo forzando el músculo. Tiro de él con la ansiedad de quien sabiendo que ha perdido el tono y la prestancia, echa mano de la resistencia ante la necesidad de probarse que aún puede. Es verdad, llamemos las cosas por su nombre, desde hace casi dos años en esto de escribir he sido inconstante, intermitente, apático. Obvié el rigor y la disciplina que este gusto implica y aposté al instinto que, como suelen atribuir a la habilidad de conducir bicicletas, dicen se queda en esa parte de uno que está vacunada contra el olvido. Asumí que bastaría con querer para poder, y aunque no he llegado al punto de dar por absolutamente falsa tal premisa (si bien a veces creo que efectivamente lo es), compruebo cada que intento darme a la tarea que, sin ser una faena imposible, volver es un verbo que no se deja conjugar sin antes pagar el precio implícito en toda voluntad de retorno. Luego entonces, más allá de las causas y razones que explican semejante abandono y sus consecuencias, las que a estas alturas de la reflexión distan de ser argumentos para pasar acaso por meras justificaciones, es preciso concluir que sólo yo soy responsable de tener tal músculo tan fuera de forma, lo que hace sólo míos, por vía del origen y el conducto, todos los disgustos que en este momento caben entre la falta de inspiración y la frustración de no poder crear algo digno de terminar en paz el año.

No falta mucho, dicho esto, para que el año se vaya (puede que ya se haya ido para cuando esto lean). Como es costumbre, en las próximas horas de este 31 de diciembre, cada uno haremos un recuento de lo vivido y pondremos en la balanza lo bueno, no tan bueno, lo malo y terriblemente malo por lo que, decimos, este año nos hizo pasar. Y al final, en ese afán netamente binario que en casos como este nos acomoda, lo etiquetaremos, sin matiz que medie ni valga, como un buen o un mal año; y lo despediremos, en uno u otro caso, con la emoción de haberlo trascendido y con la irrevocable esperanza de que el nuevo año sea en todos los aspectos mejor que el que nos abandona. Forjaremos anhelos, ilusiones, propósitos, metas, los cuales consagraremos a la vera de las últimas doce campanadas (algunos comiendo uvas a riesgo de morir atragantados) para finalmente plantar el rostro (y ambas mejillas desde luego) pleno de una sonrisa triunfante a lo que quiera que venga en los próximos doce meses. Así ha sido siempre y, sin importar lo ocurrido, esta vez no será distinto.

Lo cierto es que, por un lado, el año viejo se irá orondo e indiferente a la calificación que, cada quien (según le haya ido en la feria) le ponga; y por el otro, el nuevo vendrá, ajeno a toda esperanza que anticipada y deliberadamente en él cifremos, sin más pretensiones que cumplir a cabalidad con su ciclo (no menos ni más) de 365 días terrícolas. La fiesta, habrá que comprender, no es en realidad por el año que concluye, menos aún por el que llega (ambos son la excusa). La celebración es por y para nosotros, en tanto ritual de renovación indispensable para hacer, digamos, un necesario corte de caja en nuestras existencias. Ante la incapacidad de comprender la gradualidad de la evolución, es normal necesitar una fecha cierta para dar inicio a cualquier cambio. ¿Y qué mejor fecha puede haber que no sea el fin de año?

Siendo así, celebremos. Hagamos ese corte de caja necesario, proyectemos una mejor versión de nosotros mismos y consagremos la fecha a todo aquello que, en pos de la superación constante, nos resulte más benéfico. Que lo que quiera que debamos enfrentar en los próximos doce meses nos encuentre con los arrestos necesarios para superarlo sin mayores complicaciones y que la noche de hoy, se propongan lo que se propongan, sea apenas una probadita de todo lo maravilloso que viene.

Termino el año escribiendo. Lo hago, más que como propósito, como una declaración formal de intenciones. Que la disciplina y el rigor vuelvan a mí y que este músculo se tonifique tanto como el retorno a este espacio lo requiera. Por lo pronto, escribo forzando el músculo. Y el temple y la paciencia. Han despertado las mujeres de casa (madre, esposa, hijas y mascota) y juntas, unidas por ese lazo místico que ata los métodos y manías de todas las mujeres del mundo, están decididas a contribuir al reto de hallar paz e inspiración, metiendo tanto ruido como pueden mientras elaboran una deliciosa ensalada de manzana.

Santiago de Querétaro, a 31 de diciembre de 2024.

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