No todos lo saben, pero el pasado 5 de junio la vida me puso a prueba.
No tendrían por qué saberlo, pero de no haber sido por ellos, dudo que hubiera podido lograrlo.
De ahí la enorme urgencia de dirigirme a ellos. Costumbre la mía de honrar a quien honor merece:
A los tres paramédicos de la Benemérita Cruz Roja Mexicana, cuyos rostros alcancé a ver, pero vagamente recuerdo.
A las dos paramédicas de la Secretaría de Salud del Gobierno del Estado de Querétaro, cuyos rostros ya no vi, pero cuyas manos aún traigo marcadas en el pecho.
Al médico de planta, que acudió cuando las cosas más se complicaron.
Al conductor de la ambulancia que, contra todo pronóstico, halló el camino y los espacios para trasladarme al hospital.
Al Dr. Enrique, cardiólogo renombrado, recién desempacado de París, según me contaron, encargado de brindarme la atención primaria.
A su aprendiz de rizos primorosos.
A Xóchitl, cuyo rostro amé tal y como debí amar el rostro de mi madre cuando recién nacía.
A cada una de las quince enfermeras que me tuvieron a su cargo los cinco días que permanecí internado.
A todos los camilleros, médicos residentes, especialistas, practicantes, personal de laboratorio, técnicos, asistentes y trabajadoras sociales.
Al Dr. Ortíz Camberos a cuyos cuidados actualmente me encuentro.
Al equipo de Sanamente Activo, quienes se harán cargo de mi rehabilitación cardíaca.
A todos ustedes, gracias. Gracias por aferrarse, por hacer su trabajo con semejante ahínco, por ser tan brutalmente profesionales; por traerme de vuelta las cuatro veces que mi corazón se detuvo y ya me había puesto en otra parte.
Gracias a cada uno, hasta el último día de mi vida.