Antes de que se me olvide (Parte 2).

Sonó el teléfono a mitad de la madrugada. Su sueño, de por sí ligero, dio paso a una súbita taquicardia que le dificultó por unos instantes la respiración. Se sabe que esas llamadas generalmente sólo traen malas noticias y cada timbrazo, amplificado a instancias del silencio hasta hace poco dominante, se instala en la mente con la urgencia de aquello que, si bien es probable que ya sea definitivo, no pierde su promesa de empeorar en la medida que uno no acuda a responder al llamado. Sobra describir el sobresalto. Todo aquel que haya recibido una llamada inesperada a semejantes horas conoce de la angustia que acontece en tales casos; y podría dar fe, a menos que tenga el pecho a tal modo frío, de que no importa lo profundo que haya estado dormido, la mente arranca en un peculiar estado de alerta, desde el cual se aboca, con una velocidad inusitada, a inferir de la tragedia en ciernes las probables causas y simultáneamente, a ponderar las posibles soluciones. Octavio salió expulsado de la cama con el envite de un bombero que, apenas nota que ha comenzado a sonar la alarma, asume que ya va tarde a su misión de combatir el fuego. Erika, la última pareja con la que compartió techo, solía decirle que era un pesimista nato. Un agorero del infortunio que, ante la contundencia de sus negativas premoniciones y sin que aún mediara prueba, las daba por ciertas, llevándolo a tomar decisiones generalmente impulsivas y exageradas. Algo de cierto habrá, se decía él, si sólo se toman en cuenta las veces que felizmente erró el vaticinio. ¿Pero qué tal las otras tantas que, gracias a su afán anticipatorio, ahora claro, en su versión de bendita corazonada, consiguió librar algún mal que inminente le aguardaba? Erika se fue de su vida sin ni siquiera reconocerlo. Como muchas veces ocurre, el peso de los desaciertos les colmó la paciencia y se dejaron ir sin antes reparar en lo bueno que vivieron. De ahí el hueco que ocasionalmente se le configura en la memoria de aquel romance y por el que se han ido perdiendo, a fuerza de no querer evocar lo malo, las vivencias gratas que, sin duda, también sucedieron. Pero eso es algo de lo que Octavio no está consciente, ni es algo en lo que vaya a meditar en este momento. Con la mente sembrando su propio huerto de ansiedades, abalanzó el cuerpo notoriamente adormilado en pos de ese espacio, aparentemente distante, en donde está el teléfono que no cesa de timbrar. Avanzó en las penumbras arrastrando los pies como si repentinamente se le hubiesen venido los años encima. Refunfuñando recordó que así camina su padre y que así caminaba el abuelo; y al caer en la cuenta de que ahora es él quien lo hace, no obstante haberse jurado que nunca ocurriría, asumió como inevitable el designio dictado por ese gesto de vejez prematura, que por lo demás, parecía venir grabado en la genética masculina de esa rama de su árbol genealógico. Recorrió el breve pasillo bajo la mirada inquisidora de Malaquías, su gato, quien pareció tan sólo querer cerciorarse de que su humano no iba a la cocina en busca de algo que llevarse a la boca. Al llegar a la sala únicamente encendió una pequeña lámpara de pie y se acercó una pluma y un sobre en desuso que había dejado en la repisa, por aquello de que fuera necesario tomar algunas notas. Para entonces, él ya había hecho un rápido inventario de familiares y amigos con alta probabilidad de dar un susto. Si bien es cierto que no eran muchos, bastaba con que nombraran a uno de ellos para echar a andar el operativo “se estropeó la noche”, y para el cual, no podría ser de otra manera, él ya tenía un protocolo en exceso pensado para saber por igual cómo actuar y qué ropa vestir, según correspondiera a la naturaleza del evento: separos, hospital, morgue o velorio. Levantó la bocina como quien asume que le será notificado el fin del mundo. Las malas noticias, como los terremotos, se miden en dos parámetros: intensidad y magnitud. La primera escala estima la fuerza del evento, es decir, cómo se siente; y la segunda, da cuenta de los daños que el sismo o el hecho ha ocasionado, en otras palabras, lo que se llevó consigo; y Octavio, en la probabilidad de cometer un error que eventualmente asumía con esperanza y gusto, se fijaba de arranque el peor escenario posible, bajo la lógica de que cualquier cosa por debajo de ese umbral sería un buen comienzo. No bien respondió con un atemperado hola, al otro lado de la línea se dejó escuchar una voz, que, si bien no reconoció de primera instancia, no dejó de parecerle familiar.

– ¿Señor Octavio? Soy Berta, la muchacha de la señora Mirna, su vecina. ¿Si me ubica?

Le tomó un par de segundos poner en su mente la imagen de ambas mujeres. El hecho de saber que no se trataba de ninguna de las probabilidades calculadas con antelación le quitó de inmediato un gran peso de encima, aunque esa paz le duró lo que un suspiro, pues le abordó una súbita incertidumbre para la que no tenía ninguna respuesta. Es un hecho que para la mayoría resulta más sencillo asumir lo inevitable a partir de una sospecha medianamente fundada y razonable, que afrontar lo que fuese, por muy trivial o improbable que se antoje, si ello debe hacerse atado de manos, descolocado, por lo que sin la más mínima noción, se ignora en lo absoluto. Mirna tenía su número, él lo sabe, como lo tienen los otros once vecinos que habitan ese edificio. Compartir los datos de contacto era una medida de seguridad acordada por todos en alguna de las Asambleas de Condóminos. –Por si algo se ofrece-, dijo aquella vez la propia Mirna, que para entonces fungía como presidenta de tal asamblea. El punto, se decía a sí mismo en ese momento, es que hasta entonces nunca se había ofrecido y jamás, cosa que por extraña más le contrariaba, había pasado por su cabeza la posibilidad de que se ofreciera. Se sintió acorralado en sus pensamientos, algo inadmisible para alguien que siempre se reserva dos metros de espacio por si es preciso salir corriendo.

-Claro, Berta, buenas noches. Dígame, ¿qué pasa?

-Qué pena, don Octavio. Es la señora. No quiere dormir. Se sentó desde hace rato en la sala y no ha dejado de murmurar cosas. Estoy preocupada. Me acerqué a ella y me pidió que le llamara. Que le dijera que necesita urgentemente hablar con usted.

– ¿Conmigo?

-Sí, señor. Dice que le urge.

– ¿Le pasó algo? ¿Sabe si se siente mal?

-No. No lo sé, mejor dicho. No me dice nada. Ya le dije que le hablaba a su hija, pero no quiso. No quiere. Lo único que me pidió es que buscara su número para llamarle. Mire, me está gritando. ¿La escucha? Dice que por favor venga. ¿Podría usted venir a ver si la convence de regresar a la cama? Me da mucha pena molestarlo, se lo juro, pero es que ya no sé que otra cosa puedo hacer.

-No se preocupe, Berta. No creo que sea algo grave. Deme un par de minutos en lo que me visto y voy para allá.

Terminó la llamada. Apagó la lámpara y regresó a su habitación con los pies a rastras. Con apenas el filo de luz que entraba por las rendijas de las cortinas, sacó del guardarropa el primer suéter que encontró su mano. Se calzó las pantuflas, se miró al espejo y se reconoció un dejo de incómoda incertidumbre en las pupilas. Se peinó con los dedos, se acomodó las cejas y se masajeó las sienes en un último intento de espabilarse. Cogió sus llaves y regresó por el pasillo hacia la salida de su departamento. Para cuando abrió la puerta y la luz de los focos externos entró sin recato a sus dominios, eran casi las dos de la mañana; Malaquías estaba postrado sobre la barra de la cocina jugando con una guayaba y al otro lado del andador, a la entrada del número 302, ya le esperaba Berta con los brazos cruzados.

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