¿Ya tenemos vacuna?

Tenemos vacuna, o cuando menos eso citan las fuentes. Durante las últimas semanas tres laboratorios han confirmado los resultados positivos alcanzados en el desarrollo de una vacuna contra el SARS-CoV-2. Lo que es más, algunas de ellas han iniciado el proceso de certificación sanitaria que precede a su distribución masiva. El optimismo, naturalmente, no se ha hecho esperar. Contar con el arma que dé fin a una crisis sanitaria que nos ha golpeado en todos los aspectos, es un anhelo largamente incubado. Sin embargo, más allá del innegable avance que la disponibilidad de una vacuna implica, debemos tener claro que el final de la crisis aún se antoja distante.

No, no se trata de un alarde de pesimismo. Para demostrarlo podemos partir de un hecho, hasta hoy, irrefutable: En un comienzo no habrá suficientes dosis para abastecer totalmente a los países ricos, menos aún lo habrá para hacerlo con los países pobres. En días recientes, por ejemplo, Pfizer informó de un recorte del 50% en el objetivo de producción de su vacuna por lo que resta de 2020, debido a problemas en la cadena de frío necesaria para su preservación. Es decir, poniéndolo en cifras, este laboratorio sólo producirá en lo que resta del año y en el mejor de los escenarios 50 millones de dosis, útiles para inocular tan sólo a 25 millones de personas. Bajo este contexto, suponiendo, sin datos que así lo confirmen, que la producción conjunta de vacunas entre todos los laboratorios que acrediten casos de éxito en sus programas de desarrollo, alcance de aquí a fin de año las 100 millones de unidades, y dando por hecho que la mayor parte de esos lotes ya están comprados principalmente por un reducido número de países ricos, la disponibilidad de dosis necesarias para emprender campañas generales de vacunación en los países pobres y en vías de desarrollo, entre ellos México, no parece estar a la vuelta de la esquina.

En este contexto, incrementar la producción de vacunas es a todas luces la única forma de dar abasto a un mercado que demanda muchas más dosis de las que en este momento pueden generarse. Para ello, existe un número importante de laboratorios, que sin haber emprendido programas propios, cuentan con la tecnología suficiente para replicar casos de éxito y por esa vía aumentar en breve tiempo la disponibilidad de lotes. Hacerlo, no obstante, implica dejar de lado los intereses comerciales y de negocio inherentes a estos temas. La eventual cesión de las patentes, los secretos industriales y en general el “know how” involucrados en el desarrollo de las vacunas, es el primer gran obstáculo para que ello no pase de ser simplemente una buena idea.

En octubre pasado la India y Sudáfrica presentaron ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) una propuesta con base en el Acuerdo sobre Aspectos Comerciales relacionados con el Derecho a la Propiedad Intelectual (TRIPS, por sus siglas en inglés), en el sentido de exceptuar a los países miembros del cumplimiento de ciertas obligaciones en materia de propiedad intelectual, a fin de favorecer la producción masiva de vacunas genéricas y otros medicamentos útiles en el tratamiento contra la Covid-19. Esta propuesta, lógica e inteligente dadas las circunstancias, ha sido absolutamente bloqueada, entre otros, por los Estados Unidos, la Unión Europea, Gran Bretaña, Suiza, Japón y Canadá, los que, bajo diferentes argumentos, quieren evitar a toda costa ceder cualquier ventaja comercial que la producción y venta de vacunas pudiera representarles.

Lo anterior evidentemente da para muchos análisis. Uno de tantos sobre la eficacia de una organización internacional en la que no importa que una propuesta tenga el respaldo de una inmensa mayoría –en el caso planteado se estima que la propuesta cuenta con el apoyo de más de 100 países-, un reducido número de miembros puede congelarla y volverla inviable, gracias al modelo establecido para la toma de decisiones. Otro tema bien podría versar sobre la ética detrás del derecho comercial que las farmacéuticas se arrogan a partir de investigaciones financiadas, en muchos casos, con fondos de origen público.

Empero, de momento y por cuestión de espacio, me limito a poner sobre la mesa el debate y la realidad implícita a la forma en que los intereses comerciales trascienden o se anteponen a las necesidades derivadas de una emergencia; y los efectos que ello tendrá en la resolución de un asunto que desde hace casi un año tiene al mundo, países ricos o pobres de por medio, absolutamente de cabeza. Parafraseando a Achal Prabhala, afamado activista en salud pública, lo que unos ven como el principio del fin, para otros es apenas el principio de una larga espera.

En conclusión, tenemos vacuna, sí. Aunque de momento el verbo tener, si bien conjugado en presente, en realidad todavía guarda más relación con un futuro que se resiste a dejar de ser incierto. Mientras tanto, en lo que nos llega la oportunidad de ser vacunados, por favor, no dejen de lavarse las manos, ni de usar mascarilla, ni de guardar sana distancia.

Un comentario en “¿Ya tenemos vacuna?

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