Antes de que se me olvide (Parte 3).

Afuera de la tienda solían reunirse tres muchachos. Les decían “los Toñitos”, porque el mayor de ellos se llamaba Antonio. Él era, o quiero creer que aún es, de mi edad. Digamos entonces, para ubicarnos en los tiempos, que por aquellos días habremos tenido catorce para quince, si no es que los quince ya cumplidos. Creo que yo era mayor que él por un par de meses. Honestamente, no lo tengo del todo presente y tampoco es que me importe tanto a estas alturas. La edad, para ciertas cosas, la memoria entre ellas, es algo que no debiera ocuparnos tanto, pues al cabo de los años, acumuladas las vivencias, en el resumen de lo bueno y de lo malo, de lo vivido y de lo que no hemos experimentado, independientemente de las causas y las razones, aquello termina por ser un dato no del todo indispensable en el correcto ejercicio de la memoria. ¿Qué más da si eso o aquello lo hiciste antes o después de cierta edad? ¿Qué importa ya si te negaste la oportunidad de involucrarte en tal o cual cosa porque eras demasiado joven, o ya lamentablemente vieja? Al final, una vez uno es consciente de lo que quiso y no hizo en la vida, o de lo que pudo ahorrarse y no escatimó en todo caso, comprendes que no ha sido la edad, sino el temor, la duda, o el instinto de supervivencia, el que en su momento tomó la batuta y asumió, por sí o en conjunto, la iniciativa de tomar las decisiones para las que, al final, los años que tengas sobre la faz de la tierra no son en sí un factor, sino una mera coartada o la más básica justificación de tus actos. En fin, ya te digo, antes que de no me acuerde de lo que estamos hablando, Antonio era un chico delgado, larguirucho y sumamente ensimismado. Tenía la tez ligeramente morena y los ojos del color de la cerveza oscura cuando la miras a contraluz servida en un vaso. Regateaba las palabras tanto como la mirada y su sonrisa era la misma para saludar que para despedir, o para mostrar afecto, miedo o zozobra. Era un buen muchacho, no se metía con nadie. Lo mismo Betito, o Adalberto, que era su nombre de pila completo. Él era, o es, su hermano. Qué cosas, perdón. Siento feo hablar de la gente en pasado, como si al ya no tener contacto con ellos obligadamente se hubiesen desvanecido de este plano. Es como si al ya no formar parte de nuestra cotidianeidad les negáramos de tajo la existencia, o toda esperanza de mantenerse vivos, como si su ser dependiera inexorablemente de su proximidad a nosotros. Hacerlo así siempre me ha parecido un acto egoísta. Algo de muy mal gusto que, sin embargo, es evidente que tenemos arraigado en algún sitio de nuestro inconsciente. Mira que yo, que siempre evité hacerlo, apenas he bajado un poco la guardia por la inminencia de mis olvidos, he incidido y reincidido en el arte de matar simbólicamente al prójimo a manos del encono hacia aquello que alguna vez supusimos nuestro y que ahora, sin más certeza que la distancia, preferimos aniquilar antes que asumirlo ajeno. Vaya pues, sigamos con lo que te estaba contando. Betito es un año menor que Antonio. Ambos, inseparables hasta donde los recuerdo, apenas pasaban por hermanos gracias al color de los ojos. Por lo demás Betito era totalmente lo opuesto a Antonio: regordete, compacto de estatura, parlanchín y osado como un equilibrista de circo. Era el que mejor jugaba a las canicas y el más veloz a campo abierto. Soñaba con ser deportista cuando aquello sólo era posible para quienes tenían el dinero necesario para hacerse de un sitio en el club del ayuntamiento. Había días en que quería jugar basquetbol, otros ser futbolista, luego quería hacer atletismo y aseguraba que podía cruzar la presa a nado libre y de un solo intento. Era fantasioso más que ambicioso. Su necesidad más grande era demostrar que en ese cuerpo no del todo aventajado cabía el potencial de un soldado griego. Añoraba el respeto y la admiración de quienes lo subestimaban y asumiendo que la cabeza no le daría para llegar lejos, apostó mientras pudo a la rapidez de sus piernas y al largo alcance de su imaginario. Al final, no bien las oportunidades se le fueron negando, tuvo que conformarse poniendo todo aquel entusiasmo al servicio del grupo de danza regional que la señorita Elena formó con algunos niños y niñas del barrio. Y lo hizo bien. Como nadie, como pocos. El tercer integrante de ese grupo era Bernardo, el Sinve, primo hermano de Antonio y de Adalberto y el más pequeño de los tres. Era un piojo güero de trece años. De mirada profunda y sagaz, sonreía al vuelo de cualquier bicho y erguía las cejas con el arrojo de quien asume que la vida se cuenta por conquistas. Era un galante natural. Atento y educado como no es común encontrarte un muchacho así, y su sentido del humor, madre mía, era un relato aparte. Lo del Sinve era porque su tío, el señor Antonio, le decía el sin vergüenza. Con los años aquella fama creció al tiempo que el apodo se hizo compacto. El Sinve aquí, el Sinve allá. Ya no era Bernardo, sino el Sinve para todos y por todas partes. Una de tantas noches que salía yo de la tienda, ellos estaban jugando a las canicas en el terreno aledaño. En esa ocasión mi madre me había hecho encargos de cosas que normalmente no me pedía, así que volvía con más bolsas de lo habitual. Cuando Bernardo se dio cuenta de eso, de inmediato se acercó a mí para ofrecerme su ayuda. Tomó sin esperar respuesta la bolsa que traía repleta de arroz, fríjoles y habas y se encaminó conmigo hacia la casa. Yo te juro que no cruzamos palabra alguna. Él únicamente sonreía con la mirada fija al frente, mientras que yo sentía un candor especial recorrerme las mejillas. Lo miré de reojo un par de veces. Las calles, como te he dicho antes, estaban mal iluminadas, así que predominaban las sombras y las penumbras, lo que me impedía ver a detalle su cara de angelito trastocado. Me sentía tan halagada como apenada. Era la primera vez que alguien se tomaba la libertad de dejar de hacer lo que estuviera haciendo para ayudarme, lo que provocó en mí una sensación de protección y compañía que yo desconocía hasta entonces. Quería agradecerle del alguna manera, así que busqué con insistencia una mirada de sus ojos particularmente claros. No sé cuántos pasos habremos dado, él sin dejar de mirar al frente y yo con los ojos clavados en su perfil mal iluminado, cuando de la nada Bernardo detuvo la marcha, arqueó las cejas con notoria sorpresa y abrió los ojos como quien quisiera acaparar la inmensidad del océano. Yo todavía seguí de frente unos pocos pasos hasta que la voz de mi padre estalló en mis oídos y su puño impactó con violencia mi ojo izquierdo. Lo sabía -dijo- eres una puta como todas. Puta ingrata, puta maldita, hija de la chingada. Me sujetó por los cabellos hasta tirarme al piso. Me arrastró en remolinos sobre la tierra al mismo tiempo que me tiraba patadas por todo el cuerpo. Ya me habían dicho que andabas de golfa -siguió diciendo-, pero quería verlo con mis propios ojos. Puta, puta de mierda. Bernardo intentó ayudarme. Trató de meterse entre mi padre y yo, obligarlo a que me soltara, hizo lo que pudo para quitarme algunos golpes, pero mi padre estaba poseído, fuera de sí. Era como si me tuviera guardadas todas las que no había podido darme y en ese momento quisiera cobrarlas acabando conmigo. Gritaba injurias con un resentimiento profundo, rancio. En cuanto notó que yo ya no estaba ofreciendo resistencia mudó su atención hacia Bernardo, que como pudo le hizo frente. Yo ya no supe exactamente qué ocurrió, sólo recuerdo la voz de mi padre diciendo maldiciones mientras se alejaba y a Bernardo abrazándome con la respiración agitada pidiéndome que le hablara, que no me durmiera. Envueltos en una nube de polvo, lloramos asustados, contrariados, adoloridos. Ahí nos quedamos: yo hecha un ovillo con golpes por todas partes y él cubriéndome del frío con sus brazos. No nos movimos hasta que llegaron mi madre y uno de mis hermanos a levantarme. Ellos no repararon en la presencia de Bernardo; ni una palabra, ni un agradecimiento. Pensaron que con ignorarlo bastaría para que yo olvidara pronto lo sucedido. Qué ilusos. No sabían que esa golpiza habría de separar mi camino del de ellos y de alguna forma había comenzado a unir el mío con el de Bernardo. ¿Olvidar? Mira que me ha llevado tiempo.

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