Treinta días.

Hace tiempo, años, no sabría precisar cuántos, que los meses me transcurren con una velocidad apabullante. Hay quien dice que eso es consecuencia de la edad. Hay quienes preferimos, con sobrada evidencia, atribuirlo al tormento cíclico de los pagos mensuales. De los primeros, si bien no tengo argumentos más allá de un ego que, como tejido que pide a gritos su llegue de bótox, se resiste a envejecer; prefiero pasar por alto cualquier razonamiento a su favor y simplemente cancelo la teoría. De los segundos, más que partidario soy víctima, y como tal, me reservo el privilegio de invocar tal infortunio para justificar lo que es, por donde se le quiera ver, una verdad irrefutable: la vida, esa que llegada cierta edad pagamos en cada factura de servicios, se va rapidito y casi siempre sin que nos demos cuenta.

Treinta días no son cosa menor. Si la vida cambia en el soplo de un instante, según hemos visto, habrá que calcular –y luego dimensionar– la mar de cambios que pueden caber en un mes calendario. No es tarea fácil. Algo hay en nosotros, debemos admitirlo, que de modo natural se resiste al cambio y para eso, para justificar tal resistencia, es que nos hemos inventado la creencia, contra toda lógica palpable, de que algo de nuestro ser o de nuestro entorno, por mínimo que esto sea, es inmutable. Sin embargo, comprobado está, a cada instante todo cambia, ya no te digo cuánto lo hace en treinta días.

Hoy hace un mes que te fuiste, Rosa María, y no encuentro otra manera de procesar semejante cambio que escribiéndote estas líneas. Tú sabes que desde que murió mi abuelo, hace ya casi veinte años, algo en mis emociones se bloqueó y tengo problemas –resistencias– en eso de procesar los duelos. Desde entonces, cada que recuerdo a mi viejito, sólo atino en llorarle de a poquitos, en plazos, como una más de las facturas que debo pagar para saberme vivo. No obstante, como muchos otros cambios que en mí sembraste, tu partida –supongo que es aquí donde sonríes y me miras como solías hacerlo cada vez que entraba en confesiones contigo– logró un cambio, inusitado tal vez a los ojos de quien constriñe la relación suegra-yerno al mero plano de las villanías conocidas, pero brutalmente explicable para quien conoció tu extraordinaria calidad humana.

Han sido, no te voy a mentir, treinta días muy complicados. No necesito entrar en detalles, nadie mejor que tú sabe el tremendo vacío que has dejado entre los tuyos. En mí caso, me he descubierto dolencias de las que no tenía antecedente y más de uno coincide en que no son otra cosa que emociones hasta este momento reprimidas. Por eso, porque no quiero reprimirlas más, decidí salirme temprano de casa y buscar un refugio donde platicar abiertamente contigo. Lo malo –y aquí vuelves a sonreír, si no es que a soltar una sonora carcajada-, es que vine a dar a una cafetería que supuse vacía, pero que hoy resultó estar tan concurrida como las mejores fiestas que organizabas. Admito que me siento cohibido, pues nunca he sido partidario de las manifestaciones públicas de dolor, pero ni siquiera así, a pesar de soberano paradigma el mío, he logrado contener esta catarsis. Señal, te digo, de que algo en mí cambió hoy hace un mes –te puedes reír si quieres-.

En la mesa de enfrente, te cuento, una señora y su pequeña hija no dejan de monitorearme el llanto. A mi lado, un señor en más de una ocasión ha dejado de leer el diario para mirarme, supongo, por si algo se me ofrece. Eso sí, nadie, hasta ahora, se ha acercado a preguntar qué me ocurre. Aquí entre nos, me conoces, qué bueno que no lo han hecho. No sabría cómo explicarles que me hace falta un abrazo. Pero no cualquier abrazo, sino uno tuyo. Uno de esos mágicos que sólo tú y mi madre saben dar. Que añoro tus llamadas a las once de la mañana. Interrumpir la conversación con tu hija sólo para mirarte en la pantalla y hacernos reír por cualquier cosa. Que me hace falta, como nunca sospeché que ocurriría, ese don tuyo de meterle mano a mi agenda para propiciar reuniones que siempre –al margen de mis refunfuños– me dejaron una amplia sonrisa en el alma. Que tengo urgencia de jugar al yerno rebelde a tus designios, sólo para no evidenciar –te lo fueras a creer– el profundo amor y agradecimiento que te profeso. En fin, que necesito encontrar el modo de llevarte en el pensamiento sin necesidad de estar haciendo estos desfiguros y en una de tantas, encontrar el rumbo que, presiento, hace treinta días perdimos.

Tu hija y tu nieta están bien, si tal cosa cabe en estas circunstancias. Lo demás, por lo pronto, me es lo de menos. Necesitaba abrir la llave e instalarme en este duelo que he postergado en la ilusión de verte volver. Eso no ocurrirá, lo sé. Y no por fuerza de las razones obvias, sino porque, como ya te lo dije una vez, no retorna quien no se ha ido. Y es que, también se sabe, la gente como tú no se va, sino que se queda en la mente y en los corazones de quienes alguna vez hallamos los secretos de la vida y sus problemas en uno de tus abrazos.

Gracias por todo, gracias por siempre. Te quiero, Rose Mary, no lo olvides. Ya me voy. La niña de la mesa de enfrente no tarda en traerme una paleta. Creo que la estoy mortificando demasiado. Debo, pues, poner mi mejor cara. Hasta dentro de treinta días. Aquí mismo, si te parece bien. Al fin y al cabo que pasa rápido el tiempo.

Ciudad de México, a 27 de noviembre de 2021.