Primero y diez.

Vaya semana esta que está por concluir. Comencé el lunes con algunos leves síntomas, en mi opinión, naturales de la alergia que habitualmente me ataca por estas fechas. Sin embargo, dadas las circunstancias es un hecho que nadie, ni uno mismo, ve con buenos ojos una tanda de estornudos, algo de escurrimiento nasal, la queja de una eventual jaqueca y las muecas de quien se rasca tras sentir un poco de comezón en la garganta. Por ello, hundido en la cacería de esos síntomas que parecieran fuera de lo ordinario, admito que desde el lunes hasta el viernes me dio ese tipo de Covid imaginario, tan común como el verdadero, unas ciento cuarenta veces cuando menos. Felizmente llegó el sábado y con él la serenidad de todo aquello que habitualmente nos agobia. Así que, aprovechando una de esas soledades que repentinamente nos envuelven, a primera hora me subí al auto y salí en busca de una barbacoa que hiciera justicia contra el hambre con la que me fui a la cama la noche previa. Puse mi música, abrí el quemacocos, salí del estacionamiento y tomé rumbo al paraíso. Todo normal, vaya. De librito. No obstante, no había rodado ni doscientos metros cuando llegó a mi teléfono una tanda de mensajes que llamó mi atención de inmediato.

En el primero, el gobierno de la Ciudad de México me informaba que, según sus registros, es probable que yo haya estado en contacto con un presunto caso positivo de Covid. El segundo me preguntaba si en los días previos yo había presentado alguno de los siguientes síntomas: fiebre, dolor de cabeza, escurrimiento nasal, dificultad para respirar, dolor en el pecho, dolor de garganta, tos o pérdida de olfato. La respuesta, acorde a lo que ya les dije, fue obvia. No tenía por qué mentir. Además, la pregunta hacía referencia a alguno de tales malestares, no a la presencia inexcusable de todos. Apenas envié la respuesta llegó el tercer mensaje exhortándome a hacer un confinamiento preventivo de diez días, en estado de alerta ante la aparición o empeoramiento de cualquier síntoma y sujeto, previa liberación definitiva, a la realización de una prueba con resultado negativo. Naturalmente, sin dudarlo en lo más mínimo, así lo hice: di la vuelta, volví a meter el auto, me quedé con el antojo de la barbacoa y me encerré en la casa.

¿Pude haber hecho caso omiso de esos mensajes y egoístamente seguir con mis planes? Sí, quién habría de impedírmelo. ¿Por qué no lo hice? Por prudencia, responsabilidad y respeto a todos. Hay cosas con las que no se juega y la salud debe ser la primera de todas ellas. Si bien estoy convencido de que todo está en orden conmigo, dado que me he cuidado (hasta donde razonablemente me ha sido posible) como es debido, tengo muy claro que ante la probabilidad de contagio uno debe guardarse no sólo para el cuidado de uno mismo, sino para evitar, si ese fuera el caso, andar regando el bicho por todas partes.

En otras palabras, lo que quiero decirles, o más bien pedirles, es que tengan mucho cuidado. Que extremen precauciones y no pasen por alto ninguna acción o medida destinada a evitar un contagio. Háganlo por ustedes y por el resto. Es verdad que el gobierno no ha hecho un adecuado manejo de la crisis, pero igualmente cierto es que la responsabilidad de cuidarnos es nuestra y de nadie más. Tengan presente que los riesgos se pueden controlar y mitigar, pero no desaparecer. Por ello, la probabilidad de contagio, escapa de las meras ganas de que no ocurra y depende definitivamente de qué tanto nos expongamos a ello. Enfermar, después de todo, es una posibilidad inherente a la condición de estar vivo. A donde quiera que vayan, si es que de verdad no existe manera de evitarlo, y les sea requerido el registro mediante código QR, háganlo. Ello permitirá hacer un seguimiento efectivo de las posibles cadenas de contagio a las que se hayan expuesto y así poder ser notificados con una alerta como la que hoy he recibido. Saber es poder, no lo olviden. Y si dado el caso les llega esa alerta, así estén convencidos de que están felizmente saludables, atiendan el confinamiento preventivo que nada, nunca, está de más.

Yo, por lo pronto, me encuentro en el primero de diez días por avanzar. Toca estar atento, tranquilo y guardado. No hay más. Estoy bien de momento y no pretendo que sea de otra manera. Seguiré trabajando desde casa; leyendo, escribiendo y escuchando música. Espero, de verdad lo espero, que ustedes estén bien y que nada perturbe su tranquilidad.

Nos seguimos leyendo.

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