Verdad de Dios (Las flores)

Ramiro, para entrar rápido en materia, fue mi primer hombre. Él me robó y me trajo a la capital cuando yo tenía apenas catorce años, ¿lo puede usted creer? Tampoco le voy a decir que me robó a la mala, porque lo que sea de cada quien nadie me puso una pistola en la cabeza cuando me subí a su camioneta. Lo que sí, de haber sabido las que iba a pasar, de pendeja me saltaba la reja de mi casa y me pelaba con el muy cabrón. Lo que pasa, lo que siempre pasa, joven Jerónimo, es que le creí, o mejor dicho, me la creí. Caí redondita a sus encantos, que tampoco eran muchos, pero sí contundentes. Ya sabe, para bajarme los calzones primero se dio el tiempo de bajarme la luna y las estrellas. Y de eso, mire que el Ramiro se la sabía un tramo; y yo, toda escuincla, toda pendeja, peleada con todos y atolondrada por esa madre que le llaman pubertad; urgida de sentirme la más chingona de todas, ansiosa de abrirme paso por el mundo así fuera a la mala, me mostraron el oro y me deslumbré. Me habló bonito, pa’pronto. Figúrese que Ramiro llegaba al pueblo cada dos semanas en su camioneta, lo que ya era de por sí un espectáculo en un pueblo donde lo más impresionante eran las vacas y las mulas de don Chente pastando entre los predios. Se instalaba en un terreno baldío muy cerca de la plaza central y ahí, durante dos días, no más ni menos, vendía y compraba de todo: cazuelas, cubiertos, vasos, libros, chunches y fierros viejos. Aparentemente a eso se dedicaba. Desde Rascón, pasando por Tambaca, Agua Buena, Abras del Corozo, Tierras Coloradas, Rayón, Cerrito de la Cruz, y hasta Río Verde, iba este señor haciéndola de mercader. A veces, cada cierto tiempo, decía que venía a la capital, en donde se hacía de las cosas que eran la novedad y el asombro. Cosas que, de no ser por él, nunca habrían de llegar a estos pueblos bicicleteros y que hacían que la gente se amontonara alrededor de su camioneta para comprarlas. Cuando eso ocurría, yo acompañaba a mi madre, que le encantaba hacerse de sus ollas y utensilios de cocina con el Ramiro. Decía que ese era su secreto para cocinar delicioso. Porque mi mamá, Jerónimo, cocinaba maravilloso, verdad de Dios. La cosa es que ahí el Ramiro me echó el ojo. Primero trató de acercarse directamente conmigo, pero yo qué le iba a hacer caso si era veinte años mayor que yo. Después, se las ingenió para congraciarse con mi madre. Se enteró que mi papá tenía un pequeño huerto donde crecían, según mi papito, las mejores manzanas de Tamasopo y le dijo que le gustaría comprarles las cosechas para venderlas en su camioneta. Imagínese, de eso pedían su limosna mis padres. Más rápido que en chinga, mi mamá lo invitó a pasar por la casa para que conociera el huerto y se pusiera de acuerdo con mi padre. A partir de ese momento y durante siete meses, Ramiro no llegaba al pueblo sin antes pasar por la casa. Compraba las manzanas cuando había cosecha, y cuando no, le hacía la barba a mis papás llevando algún detalle, ya sabe: que una manguera, una pala o un rastrillo para mi papá; que una vajilla, un sartén o un juego de vasos para mi mamá. A mis hermanos les llevaba juguetes. A Heriberto, que es dos años más chico que yo, nunca le agradaron mucho los regalos. A Lorenzo, que por entonces tenía cuatro años, se le iban los ojos con los luchadores de plástico que siempre le traía. Y a mí, bajo el argumento de que no tenía idea de qué podía gustarme, me llevaba flores. Todo un don Juan el Ramiro, ¿a poco no? Ahora, a decir verdad, yo desde chiquita fui también medio cabroncita, ¿por qué voy a negarlo? Era vivaracha y osada, lo que no es difícil en un pueblo en el que todos se deshacen en inocencia. Desde los doce años, cuando me salieron las chichis, me di una idea de lo útiles que podían llegar a ser para salirme con la mía. En la escuela, con los compañeros, fui ensayando mis primeras versiones de mosca muerta y como era la de mejor cuerpo, tuve, digamos un éxito prematuro. Pero una cosa, joven, es domar a los chamacos del pueblo y otra muy distinta medirse contra un cabrón hecho y derecho. Un día, sentados a la mesa, Ramiro le preguntó a Lorenzo si le había gustado sus regalos. Mi hermano, a toda respuesta, corrió hacia él y lo abrazó, podría decirle que hasta con cariño. Mis papás, que siempre pensaron que sus hijos éramos medio invisibles, o medio insoportables para los otros, pues se conmovieron. Se hizo un pinche silencio que se cortaba con tijeras, verdad de Dios. Entonces, Isabel, Chabelita, que para entonces creía que con las carnes que se le iban formando también se iba graduando de cabrona, abrió la boca para sorpresa de todos. A mí no me gustan tus pinches flores, le dije. Mis padres voltearon a verme sorprendidos. ¡Chabela!, me gritaron al mismo tiempo como si con eso lograran borrar lo que acababa de decir. Ramiro le dio un par de palmadas a Lorenzo para que siguiera jugando y volteó a verme con una puta sonrisa ladeada, que al paso del tiempo recuerdo como la del mismo demonio. Así no se le habla al señor Ramiro, dijo mi madre. Pues a mí, dije sin dejar de mirarlo a los ojos, no me gustan sus pinches flores. Chabela, hazme el favor de disculparte y retirarte de la mesa, dijo mi padre con voz amenazante. Entonces Ramiro levantó la mano como llamando a la cordura. Momento, dijo. No es necesario hacer eso, don Gilberto, no pasa nada. Verdad es que nunca he sabido qué traerle a Chabelita y nada de malo hay en que exprese su disgusto con mis detalles. ¿Por qué no mejor permitimos que ahora nos diga qué le gusta y así me sea más fácil saber qué puedo obsequiarle? Me cayó tan gordo con esos aires de hombre de mundo, culto y educado que se daba ante los ojos de mi familia. Se lo juro, joven. Para pronto, sentí una rabia correr desde mis piernas hasta el cogote y sin meditarlo dejé salir la primera pendejada que se me vino a la cabeza. Me gusta tu camioneta ¿me la vas a regalar? Era un golpe osado, según yo. A ver si muy chingón, pensé. Mis padres trataron de anticiparse pidiendo perdón por mi atrevimiento. Ramiro, sin inmutarse, volvió a detenerlos con solo la palma de su mano. No te la puedo regalar, me dijo, porque es mi herramienta de trabajo; pero lo que sí puedo hacer, si tus padres están de acuerdo, es invitarte a dar una vuelta en ella cada vez que venga al pueblo. Miró a mis padres esperando respuesta y ellos, que no cabían de la vergüenza por mis arrebatos, no tuvieron más remedio que acceder, pensando que con ello reparaban el desmadrito que la bribona de su Chabelita estaba organizando. Yo, que alguna sonrisa se me habrá escapado, juraba que me lo había chingado de un solo tiro. Jaque mate. Pero qué iba a ser así. La realidad, joven, la pura y cruel realidad, es que en ese momento, sin saberlo como tal, estaba sellando mi suerte a lado del Ramiro.

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