Verdad de Dios (Introducción).

La de malas, ¿a poco no? ¿Se ha fijado que siempre en esta estación el metro se queda parado las horas? Siempre en Sevilla y en San Lázaro. A veces en Insurgentes, sí; pero aquí y en Sevilla nunca de los nuncas falla, ¿se ha dado cuenta de eso? Que si lo sabré yo que ando todos los días en metro. En serio, mire, verdad de Dios. Desde hace veinte años, todos los días por esta línea, ida y vuelta desde Tacubaya a Candelaria, donde, por cierto, tiene usted su humilde casa; y antes de eso, quince años para atrás, cuando vivía por allá en casa de mis suegros, desde El Rosario hasta Martín Carrera por la roja. ¿Qué número es la roja? La seis, creo. La verdad es que yo me las aprendí por los colores, no por números, y así, en serio, nada que se confunde uno. Bueno, eso era antes, porque ya ve que bien creativos los del gobierno, nos pusieron dos verdes y ahí sí nos pasaron a joder con el asunto de andar adivinando si tal o cual estación está en la verde-verde o en la verde menos verde, ¿a poco no, joven? Pero, mire, de los males el menor. De menos nos tocó sentados, ¿no cree? Porque hay veces que el parón lo agarra a uno de pie y ahí sí que ni qué, la espera es más tortuosa. Hoy, hasta eso, viene vacío. Si le digo que tenemos suerte. Ya ve que con las vacaciones todo se relaja. Sin escuincles en la escuela todo es más tranquilo, ¿a poco no? ¿Usted viaja seguido en metro? ¿No? Ya veo. Hasta la pregunta ofende, ¿verdad? Digo, cosa de echarle un poco más de lente para darse cuenta de que se le nota a leguas que usted no es mucho de esto. Usted se ve que es más bien de auto. O de menos puro taxi, ¿no? En serio, joven, usted tiene toda la pinta de ricachón, de niño bien. De esos que nunca se suben al transporte público porque se empiojan. Y no trate de mentirme, porque, mire, a estos dos ojos que tantas cosas han visto, nada se les escapa, verdad de Dios. Además, el que nació en cuna de oro algo de brillo carga para toda la vida. Como quien dice, mamonsón el chamaco, ¿o no? Ya, discúlpeme. Perdón, sí, qué horror y qué vergüenza, me ganó la risa. No vaya usted a creer que me estoy burlando. Le pido que no lo tome a pecho, es la pura guasa, joven. Mire nada más, ya hasta se sonrojó. ¿Así se dice, verdad, cuando le botan a uno las chapitas? Sonrojar. Pinche palabra rara, con su perdón, para decir que uno se puso colorado. Pero mejor se lo digo así, no vaya siendo. No me quiero poner en evidencia tan pronto. Ya, pues, ríase, ni que nos fuéramos a morir por pasarla a todo dar. Además, ya mañana, cuando vaya en su taxi de sitio, porque además se ve que usted es de taxi de sitio y no de esos pedorros que hacen parada donde sea; puede que no se acuerde de mi cara, pero sí de las carcajadas que le arranqué. Porque quien lo hace reír a uno, verdad de Dios, se guarda en un lugar especial de la memoria donde, mire, no cualquiera, eh; no cualquiera entra. No, hombre, ya en serio. Perdóneme. Discúlpeme el atrevimiento. Oiga, joven, qué duras tiene las piernas. Porque sí es su pierna, ¿verdad? ¡Caramba! Usted se la ha de pasar haciendo ejercicio. Digo, si es que es su pierna, porque si no lo es, mire, no sea gacho, reparta. Piedad para quienes teniendo un techo donde dormir no tenemos modo de agarrar el sueño. ¡Ya ve, joven! ¿No le digo? De todo se chapetea usted, caray. ¿No está viendo que le estoy cerrando el ojo en señal de broma? ¿Así cómo vamos a llegar a romper el hielo usted y yo? Porque eso sí le digo, tiempo así como que mucho no tenemos. Vaya, estos parones, los del metro, me refiero, si duran lo suficiente como para desesperarlo a uno, pero tampoco son eternos como para creer que nos podemos dar el lujo de desperdiciar la oportunidad de hacer nuevos amigos. Oiga, no me vaya a decir que lo incomodé, porque verdad de Dios que lloro. Ya hasta sudando está, oiga. Yo creo que mejor me pongo seria, ¿verdad? Cómo va a ser que una pinche desconocida, una viejita como yo, se toma la libertad de hablarle así como si nada, sin decir siquiera agua va y aparte se pone a tratarlo como si fuéramos iguales, de agarrón de pierna y todo, sólo porque al trenecito chuchú no le da por avanzar. La de malas, ha de estar pensando: el metro que no avanza y una pinche loca hábleme y hábleme como matraca. Pero, mire, no me lo tome a mal. No desconfíe, yo se lo pido. Verdad de Dios que no lo hago con mala entraña. Es, se lo juro, sólo para hacernos ameno el rato. Ya ve que aquí y en China el que espera, desespera. ¿A dónde dice que va? ¿A Zaragoza? Pues hasta eso no le falta mucho.

Yo me llamo Isabel, pero me puede decir Chabela. Así me dicen todos. De toda la vida, oiga. Ni mi papá cuando se enojaba conmigo me decía Isabel. Chabela aquí, Chabela allá. Chabela mi amor y Chabela hija de tu tal por cual. Chabela para Dios y para el Diablo, así que Chabela igual para todos los que quedan entre uno y el otro. ¿Usted cómo se llama? ¿Jerónimo? ¿Ya ve? Hasta el nombre, carajo. Nombre de galán de novela extranjera. ¿Y cómo le dicen de cariño? ¿Jerónimo a secas? No, pues que frío el asunto. ¿Pues que no lo querían, o cómo? Digo, porque no falta quien le ponga a uno un nombre de cariño, o un apodo cuando menos. ¿Ninguno? ¿Pues qué no tuvo madre o abuela? Ellas siempre ponen apodos a los hijos y a los nietos. Yo a mi nieto, por ejemplo, le puse Ratón, ya sabrá por qué. Chiquito y escurridizo el canalla, latoso como no tiene una idea y tragón como saco sin fondo. A mi nieta le puse Mecatita, de mecate, ¿si los conoce? Le digo así porque salió, sabrá Dios por obra de qué misionero, güera casi como usted y es flaca, flaca, lo que se dice flaca. Yo siempre les llamo a los dos por su apodo y cuando lo llego a hacer por su nombre ni caso me hacen. Han de pensar que estoy loca, que ya los desconocí, o de menos que los voy a regañar. Ya sabe que los niños se pintan solos para hacerse guajes. Chamacos estos. Pero entonces qué, Jerónimo, ¿usted ningún apodo? ¿Nada? ¿Ni los cuates en la escuela? Eso si está muy raro, ¿no le parece?

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