Puede que así sea IV.

IV.

Se conocieron hace doce años en la sala de espera de un autolavado. Apenas unos días antes Rebeca había cumplido la mayoría de edad; recién había estrenado el auto que sus padres le obsequiaron; fue notificada de su admisión a la universidad que ella tanto deseaba; y conoció al hombre más guapo y maravilloso que hasta entonces había visto en su vida: el novio de su mejor amiga. Octavio, en cambio, estaba a un mes de cumplir los veinticinco; hacía dos semanas que había vuelto de Boston, donde por igual concluyó una maestría, que dejó plantada a una novia a la que en vano juró que habría de volver; y ahora, inserto como nunca antes en el círculo de amistades inducido, por no decir que impuesto, por la familia, contaba los días para irse a Alemania con algunos de tales personajes a ver el partido inaugural de la Copa del Mundo. Dos entornos no solo distintos, sino aparentemente distantes que, no obstante, esa mañana no tuvieron más remedio que coincidir.

A decir verdad, en un comienzo pasaron inadvertidos el uno para el otro. Ella, inmersa en el vasto repertorio de su iPod, observaba con detenimiento cómo lavaban su coche. No dejaba escapar detalle alguno. Por momentos parecía imitar los movimientos del joven que lo estaba lavando y en otros parecía que hacía más bien notas mentales. No es que se hubiese descubierto particular pasión a esa faena, pero en una proyección de gastos sin más chiste, de inmediato advirtió que no podría darse el lujo de pagar muchas lavadas antes de comprometer seriamente otros expendios. Por lo tanto, hacerlo por sí misma era un destino ineludible, así que aprender el qué y el cómo de la limpieza de carrocerías era una tarea prioritaria en el orden de sus pendientes.

Él, por su parte, arribó a la sala plantado en el papel altivo de quien solo puede y quiere atender su mundo. Desde que tomó asiento borró de su espectro visual todo cuanto le rodeaba, incluida naturalmente Rebeca. Se puso a leer con escrupulosa atención la sección editorial de El Financiero. Su gesto era adusto, inalterable. Por su mente cruzaban datos de toda índole, que invariablemente apuntaban a la construcción de hipótesis y escenarios difícilmente comprensibles para quienes no dominan los principios de la ciencia económica. Se sentía como pez en el agua. Cómodo, inalcanzable, sobrado y por ende, incapaz de reparar en lo absurdo de su postura. Era un hecho que todo cuanto elucubraba en su mente presagiaba una crisis global de la que, una vez desatada, no sería requisito ser un docto en la materia como para entender que las cosas se pondrían, para tirios y troyanos, igualitariamente de la chingada.

El caso es que ninguno de los dos asumió como algo importante la presencia del otro en esa sala. En algún instante ella estornudó sin que él mostrara la más mínima intención de, por mera cortesía urbana, desearle la salud acostumbrada. Cómo iba a hacerlo si estaba, nada más y nada menos, que a mitad de un análisis comparativo de los datos macroeconómicos de la región, a partir de los que, siguiendo una metodología tan efectiva como impronunciable, podría darse una idea de las expectativas reales de crecimiento del mercado. Minutos después, no bien se percató que la expectativa real no era tan alentadora como la que el Banco Mundial pronosticaba, maldijo en voz alta a diestra y siniestra, sin que ella acusara recibo de tan vasto lenguaje, pues con los audífonos puestos a tan generoso volumen, la única sensación que experimentaba era la voz de Luis Miguel escurrir por la intimidad de sus oídos. En pocas palabras, cada uno estaba por su cuenta y cada quién lo hacía por su lado. Así hasta que el gerente del negocio entró en escena y preguntó de quién era el Sentra negro; a lo que Octavio señaló con la mirada a Rebeca, quien para entonces tarareaba con notoria alegría los ritmos de la melodía en turno.

¿Perdón? -dijo ella retirándose los audífonos apenas cayó en la cuenta de que ambos sujetos la observaban-.

¿Es suyo el Sentra negro? -preguntó de nueva cuenta el gerente-.

Sí, es mío, dígame.

¿Se le va a aplicar teflón a su vehículo, señorita?

Ella abrió los ojos y arqueó las cejas. No esperaba como tal una pregunta, menos aún una de ese tipo. Se dio cuenta que el único teflón que conocía era el de los sartenes de su casa y así de buenas a primeras no comprendía para qué era necesario aplicarlo a su coche. Dedujo que sería para que no se le pegara algo, pero tal suspicacia no le alcanzó para definir qué era aquello que no debía pegarse. ¿Polvo? ¿Basura? Presa de su ignorancia y poca experiencia, elevó los hombros, deslizó el labio inferior hacia afuera y sin más lo mordió; subió y bajó las cejas como buscando las palabras precisas que le permitieran salir airosa del cuestionamiento; se rascó la punta de la nariz, inhaló profundamente y exhaló con lentitud queriendo, más que hallar la respuesta correcta, decir algo para no perpetuar la vergüenza que sabía estaba generando.

¿Tu auto es nuevo? -le preguntó Octavio como para salvarla-.

Sí, no llega ni a quince días.

Entonces yo te recomiendo que lo hagas -le dijo mientras cerraba el periódico y la miraba esbozando una sonrisa descarada-.

Ok. Entonces sí va con teflón, por favor -respondió dubitativa al gerente sin dejar de mirar a Octavio-.

El gerente tomó rápida nota de la petición, hizo una caravana a Octavio y salió hacia el área de lavado, dejándolos de nueva cuenta solos.

¿Puedo preguntar de qué te ríes? -retomó Rebeca apenas vio que el gerente estaba lejos.-

No me río, te sonrío -aclaró Octavio mientras regresaba la mirada a su periódico-.

¿Y no es lo mismo?

No, de ninguna manera.

¿Ah no? ¿Y a título de qué me sonríes, si se puede saber? -volvió Rebeca a la carga-.

No lo sé -dijo Octavio mirándola fijamente a los ojos-. Simplemente me nació sonreírte y te sonreí.

Mira nada más, qué risueño resultaste.

¿Tiene algo de malo? Tú también estás sonriendo, mírate -dijo él anticipando cualquier embate-.

Es cierto, estoy sonriendo.

¿Ya ves? Ahora dime, ¿tú por qué sonríes?

Porque tú empezaste.

En cosa de nada, a partir de esa conversación un tanto párvula, no solo rompieron el hielo, sino que se dieron a la labor de analizarse rápidamente. De ese primer vistazo él descubrió un brillo particular en la mirada de Rebeca que jamás olvidaría; advirtió sus labios carnosos y su sonrisa chueca. Tomó nota de la delgadez de su cuello y de sus hombros y de la promesa de unos senos generosos, aunque bien resguardados por una sudadera holgada que sin duda podría contribuir al engaño.

Ella, aparentemente menos observadora, no se fijó tanto en la apariencia como en la actitud de Octavio. Físicamente lo encontró atractivo a secas. La imagen del novio de su amiga, fresca y avasalladora como punzada que no cesa ni concede, ponía la vara muy alta para cualquiera que de momento quisiera competir, aunque tampoco podía negar que el tipo frente a ella era a simple vista agradable. Lo que sí, sus modos tenían un imán mucho más potente de lo que ella hubiese adivinado de haberse dejado los audífonos puestos. Eso por supuesto que la contrariaba. Tal vez por ello no quiso ir más allá en su examen. Lo creyó innecesario, quizá hasta arriesgado, asumiendo que nunca más lo volvería a ver.

Él tomó la iniciativa y se acercó para estrechar su mano. En automático cada uno dijo su nombre, cada uno expresó el gusto de conocerse, cada uno esbozo una sonrisa de complacencia y a la par dejaron escurrir los ojos hacia otra parte, evadiendo con ello el momento de hacer coincidir las miradas. El primer auto en estar listo fue el de Octavio. A mitad del patio el gerente levantó la mano mostrando las llaves del coche, a lo que Octavio respondió con un gracias sonoro que devolvió la sensación de distancia entre él y Rebeca. Dobló su periódico y lo colocó debajo del brazo. Acto seguido volvió a extender la mano y se despidió de Rebeca con un simple y seco mucho gusto.

¡Espera! No me dejes con la duda -dijo ella cuando él estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta-.

Ya te dije que no sé por qué me nació sonreírte. Es en serio.

No, no me refiero a eso. Dime para qué sirve el teflón en el auto.

Otro día te cuento -dijo él agitando la mano a modo de despedida-

¿Otro día? ¿Cuándo?

No lo sé. Cuando volvamos a vernos.

Rebeca se quedó pasmada. No dijo más. Lo miró caminar a la distancia suponiendo que en algún momento regresaría para aclarar su duda. No se podía ir así, como si nada, pensó en silencio. Pero por supuesto que Octavio no volvió; ni siquiera le dedicó otra mirada. Simplemente subió a su auto, se colocó las gafas de sol y salió del establecimiento como si nada hubiese ocurrido. Entonces ella se dio cuenta que no era una, sino dos dudas las que el tal Octavio le había dejado: ¿Para qué sirve el teflón en la carrocería de los autos?; ¿Y cómo sabía ese cabrón que algún día se volverían a ver?

4 comentarios en “Puede que así sea IV.

  1. Y?? Que sigue?? No seas así de malo amigo me cortas de tajo, me eeeeencanto!!!! Espero, si es q la habrá, la segunda parte con ansia!!!!!

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