Puede que así sea III.

mariposa-blanca

III.

Una carrera veloz, incansable, impregnada de una libertad absoluta e irrebatible, lo hacía ir y venir por todas partes. Se sentía tan dueño de sí que hasta él se desconocía. Nadie que le hablara, que le dijera, que lo limitara. Nada. Ni los árboles a la distancia, ni la vaga sospecha de que en algún punto todo podría terminar en tragedia. Su andar era absoluto, pleno de un ánimo incontenible, carente de dudas y de miedos. Desbordante de ansiedades, circulaba por sus venas el deseo irrefrenable de correr sin detenerse, de ir más allá, cada vez más lejos. Estaba animoso, hasta cierto punto envalentonado. Sentía que era su momento, el instante largamente esperado, el ahora o nunca, la disyuntiva bendita a la que todos tienen derecho de llegar cuando menos una vez en sus vidas. Incrédulo, sin detener por un instante la marcha, una y otra vez miraba el entorno. Se dio cuenta que por primera vez no había necesidad de buscar la falla, el error, la trampa. Era una pradera inmensa, resplandeciente, verde como un mar de aguas someras que conservan por encima de todo la calma. Un escenario a pedir de boca, el sitio soñado, el instante preciso.

En esas estaba cuando repentinamente apareció frente a sus ojos una mariposa blanca, que salió sin saber de dónde. Su vuelo era vacilante, a ras de suelo. Sorprendido, siguió con detalle las formas de su andar errante. Pronto notó que era ella y su fragilidad contra el viento. Primero la miró pasar de largo. Observó con detenimiento el aleteo afanoso de la pequeña mariposa. Adivinó en el frenesí de esos movimientos un sentido de urgencia que supuso obedecía a la necesidad de estabilizar el vuelo. Pero ello, igualmente supuso, no sería en sentido alguno tarea sencilla, pues su ligereza parecía condenarle a nunca ganar altura y en consecuencia a jamás apartarse de una misma zona. Parecía estar encapsulada, confinada entre cuatro muros que solo ella apreciaba. Fue entonces cuando él sintió la necesidad de seguirle; de acompañarla, quizá hasta de protegerla. Todo lo que para él en un comienzo había sido apremio, devino en interés y paciencia. Caminó a su paso, al acecho de cualquier vicisitud que pudiera acontecerle. Pero la mariposa, que no tenía porque enterarse de otras intenciones que no fueran las suyas, se mantenía ajena. Subía y bajaba; iba y volvía con arrestos de guerrera cuya supervivencia depende de su capacidad de mantenerse atenta a su propia lucha. Parecía no darse cuenta que su andar estaba acompañado; y si acaso lo sabía, tampoco daba señal alguna de incomodidad o de querer huir hacia alguna otra parte. Finalmente, un remolino de aire la tumbó, dejándola postrada sobre la vivacidad violácea de una flor de lavanda. Él, que la vio caer como un diminuto pedazo de papel de china meciéndose sobre el cauce del viento, se acercó totalmente resuelto a ayudarle. La observó a la distancia. Luego se aproximó hasta percibir con más claridad los detalles. Quedó absorto con el esmero en que, no obstante la caída, ella batía sus alas tratando de recuperar las fuerzas y en su mente asoció la idea de que tras cada uno de esos aleteos el aire se impregnaba con el sutil olor de las flores. De pronto escuchó un ruido que nada tenía que ver ni con el viento, ni con las flores, ni con la pradera. Era un ruido que parecía provenir de una puerta. Aunque yacía en él la resistencia, el instinto de perro guardián lo obligaba a indagar lo que sea que estuviera ocurriendo. Dejó de lado a la mariposa y abrió los ojos. Bufó dos veces. Se incorporó y caminó hacia la entrada del departamento. Olfateó por la rendija en busca de algún rastro e identificó el humor en retirada de su humano, que para entonces ya bajaba las escaleras. Aliviado de que fuera eso y no otra cosa, retornó a la sala en busca de su tapete. Antes de echarse, lo olisqueó y giró dos veces sobre su eje buscando la posición más cómoda para reanudar el sueño. Cerró los ojos y continuó durmiendo.

Cuando Balto volvió a la pradera, la mariposa seguía ahí, descansando sobre la misma flor de lavanda.

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