La Choza del Estero (Segunda Parte).

Dos horas duraba el trayecto hasta la choza del tío Bernardo. Salvo el codo en el que el río da vuelta para salir por primera vez de Chiapas, todo lo demás se navegaba por aguas mansas. En todos los viajes que hicimos era común que parvadas de buitres nos siguieran, apostando a la ocurrencia de algún infortunio. De vez en cuando, uno o dos de ellos descendían a una altura prudente, solo para cerciorarse de que aún estábamos vivos. Todos los mirábamos de reojo, atentos a cualquier ataque furtivo que pudieran lanzarnos. El estado de alerta y el sol nos agotaban. Silvana y yo tratábamos de mantenernos despiertos cantando las canciones que habíamos aprendido con la nana Justina. Pero apenas Mateo quedaba dormido, los buitres lo daban por muerto y se lanzaban desde las alturas dispuestos a hacer de él la carroña. Silvana, a quien varias veces le aletearon la cara y los rizos, jalaba a Mateo de las piernas y poseída por la ansiedad se las pellizcaba, obligándolo a llorar para que los pajarracos se abstuvieran de devorarlo. Al fin Mateo lloraba y nos reventaba los tímpanos a todos. Parvadas de loros y otras aves salían espantados de los árboles; de entre las ramas, changos hasta entonces inadvertidos huían sin bajar de aquellas a un sitio más seguro; los mosquitos se alejaban aterrados del cayuco, pero los buitres insistían, acostumbrados quizá a ruidos más aterradores que el llanto de mi hermano. El tío Bernardo, conocedor de la necedad que reina entre estas aves rapaces, lanzaba puyazos con el remo para espantarlos; pero eran los lagartos, quienes en todo momento nos escoltaban, los que saltaban del agua para ahuyentarlos a dentelladas.

A mitad del camino, el río, entonces bordeado por altos cerros cubiertos de árboles y plantas, serpentea yendo y viniendo entre México y Guatemala. A la altura de Los Serafines, un paraje de tierras bajas e inhóspitas, donde asegura la gente que bajan los ángeles para dormir por las noches, las aguas enderezan majestuosamente el cauce y el río, a esas instancias llamado Suchiate, se erige en frontera. Ahí el arroyo se quiebra hacia el norte y sale de frente hacia siete islotes que dividen el cauce hasta en cinco brazos distintos. Para evitar las corrientes, el tío Bernardo desviaba la ruta hacia uno de estos brazos, Más estrecho y menos bravo, este torrente era llamado por él como Flamboyán, y yo lo recuerdo por los inmensos cocos y gigantescos mangos que se nos aproximaban flotando. Silvana y yo, pasando por alto la presencia de pirañas y víboras de agua, metíamos la mano al riachuelo para rescatar algunos y comerlos tan pronto estuviésemos al amparo de tierra firme. Cosa de quince minutos más tarde, el Flamboyán se une de nueva cuenta al Suchiate justo a la altura del quinto islote, el último que queda del lado de México. De mayo a julio, los meses de más lluvia en esa región prácticamente desconocida, las aguas del río crecen y cambian repentinamente su curso. Cuando eso ocurre, el quinto islote, en su extremo poniente, pierde temporalmente un pequeño cabo de aguas someras, que pasa al lado de Guatemala. No muy lejos de ahí está la choza del tío Bernardo. Muy cerca de ese cabo ocurrió la historia que estoy a punto de contarles.

Continuará…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s