La choza del Estero (Primera Parte).

El tío Bernardo era un hombre de pocas palabras, de poca paciencia, de pocas pulgas. Quedó huérfano cuando tenía siete años y desde entonces vivió más bien aislado en una choza a la orilla del río. Cuando nos portábamos mal, principalmente cuando nuestros padres creían que merecíamos una lección de humildad, nos mandaban a pasar unos días, a veces semanas, a aquella choza, donde no había nada de las comodidades a las que estábamos acostumbrados. Valorar desde la carencia, decía mi padre con ese aire benefactor que nunca le creí sincero; y es que por más que hago memoria, no recuerdo en qué momento mis hermanos y yo cruzábamos la línea que nos separaba de unas vacaciones ordinarias y el exilio correctivo a mitad de esa jungla. Bastaba una queja de la nana y el silencio resignado de mamá, para que papá, sin tentarse en lo más mínimo el corazón, nos pusiera a hacer maletas, nos subiera con apuro a la camioneta y le pidiera al chofer que nos llevara a San Sebastián del Estero.

Siete horas se hacían desde Tuxtla. La carretera era sinuosa y de asfalto muy maltratado. En las proximidades de los albergues para refugiados, retenes militares nos marcaban el alto para revisar la camioneta. En realidad nunca la revisaban. Javier, el chofer, solo bajaba la ventanilla, mostraba una credencial e informaba que a bordo viajaban los hijos de don Eliseo, y ya con eso nos dejaban pasar. Para entonces, Silvana y Mateo dormían perdidamente sin ni siquiera enterarse de lo que ocurría. Yo aprovechaba el alto en el camino para asomar la mirada y ver qué había en los alrededores. Recuerdo que en el segundo retén, al que Javier refería como el de “Las Muñecas” cuando reportaba por radio nuestra ubicación, había, algunos metros detrás del puesto de mando, una cancha de basquetbol donde siempre jugaban siete muchachos. ¿Quiénes son esos muchachos? –pregunté a Javier una ocasión apenas reiniciamos la marcha-. Es gente que viene huyendo de la guerra –me dijo-. ¿De la guerra? Pero se ven felices –comenté-. Es que aquí están mejor que allá de donde vienen –respondió-.

Era fácil saber que ya estábamos cerca de Sansebas. Pasando el último retén, Javier daba vuelta a la derecha y entraba por un camino de terracería bastante accidentado. El bamboleo de la camioneta era suficiente para despertar a mis hermanos. Recuerdo que nos abrazábamos inmersos en un temor disfrazado de aventura, mientras escuchábamos el crujir de las bisagras y el rechinar de las puertas conforme la camioneta se movía. Poco antes de entrar al pueblo, Javier giraba hacia la izquierda por un camino que siempre creí que solo nosotros transitábamos en la vida. Al final de ese sendero fangoso –en el que la camioneta llegó a atascarse en varias ocasiones- había una casucha de maderas y polines podridos por la humedad. Era la casa de Zeferina, una prima tercera de mi abuela, y la única persona con la que Bernardo tenía contacto frecuente.

A las espaldas de la casa, en las aguas turbias y fétidas de un brazo estrecho del río, el tío Bernardo amarraba su cayuco y nos aguardaba tirado en una hamaca color marrón. Apenas bajábamos de la camioneta comenzaba nuestra pelea contra moscos y otros bichos. No había manera de llegar al cayuco exento de ronchas e irritaciones. Silvana, que desde entonces ha sido delicada de olfato, le daba por arquear con dramatismo tras recibir las primeras bocanadas de aquel hedor inolvidable. Yo, que igual sentía náuseas, me encaminaba a la sombra más cercana cargando a Mateo, que no bien sentía la luz del sol,  rompía en sudor y llanto interminables. Javier, que tiempo después supe era ahijado de Zeferina, arrimaba las pocas cosas que habíamos empacado y Bernardo se encargaba de subirlas al cayuco para asegurarse de que no fueran a caer al agua. Para quitarle los llantos a Mateo, Zeferina, sin mediar palabra conmigo, me lo quitaba de los brazos y le arrimaba el pecho haciendo que se prendiera de sus senos escurridos y marchitos como higos secos. Naturalmente, o eso he supuesto siempre, nada salía de ellos, pero algo debía haber en la fantasía de succionarlos que a Mateo le gustaba, o lo tranquilizaba, o lo adormecía, pues a partir de ahí no volvía a romper en llanto durante toda la travesía.

Por costumbre subíamos por edades al cayuco y partíamos rumbo hacia la choza pasada la media tarde. Desde el muelle improvisado -una simple tarima tendida por encima del lodo y afianzada sobre las aguas con dos troncos imprecisos, que le dotaban de una sensación de fragilidad irrevocable- Javier nos despedía radio en mano, mientras la tía Zeferina ondeaba con agitado entusiasmo la mano por arriba de la cabeza y los senos desnudos por debajo del ombligo.

-Continuará-.

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